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Discurso del eurodiputado Daniel Cohn Bendit en el Parlamento Europeo sobre la crisis griega
«Es evidente que durante cuatro meses hemos estado mareando la perdiz. Es evidente que nos hemos equivocado. Es evidente que, con esos titubeos, hemos estado dando pábulo a los mercados y a la especulación. Por lo menos, los miembros del Consejo responsables deberían decirlo, deberían decir “es culpa nuestra”. La Sra. Merkel, el Sr. Sarkozy, no sé en realidad qué papel juegan… Lo que le estamos pidiendo al gobierno de Papandreou es algo casi imposible de lograr. Yo le pido a Ecofin y a los presidentes de los gobiernos que piensen si ellos mismos son capaces de hacer en sus países reformas como las que le estamos pidiendo a Grecia. ¿Cuánto tiempo haría falta para reformar el sistema de pensiones en Francia? ¿Cuánto tiempo necesitaría Alemania para arreglar sus pensiones? ¡Y le estamos pidiendo a Papandreou que lo cambie todo en tres meses! Están siendo Uds. totalmente irracionales, y prueba de ello es lo que ahora está pasando en Grecia. No le estamos dando a Papandreou ni a Grecia el tiempo necesario para encontrar a una solución consensuada. No existe en Grecia una identificación con el Estado. Existe tan sólo el “cada cual a lo suyo”. Y eso es lamentable. La culpa es de todos: décadas de corrupción de la clase política en Grecia. ¿No deberíamos tratar de convencerles con prácticas y no sólo con decretos? ¡El consenso hace falta crearlo! Y ya verán Uds. lo que va a pasar en España cuando empiecen los problemas. Ya verán en Portugal. Quiero decir con esto que debemos inspirar una actitud de responsabilidad, y no pedir lo imposible. Creo recordar que alguien dijo hace tiempo “¡Quiero que me devuelvan mi dinero!” Y ahora queremos ganar dinero a costa de los griegos. ¡Porque de eso se trata! A nosotros nos prestan al 1,5% o al 3% y nosotros le prestamos a Grecia al 3,5% o al 6%. ¡Estamos haciendo negocio a costa de los griegos y eso es inadmisible!»
»Por otro lado, Europa también puede tomar iniciativas. Guy Verhostaff tiene razón cuando habla de un Fondo Monetario Europeo, de un fondo de inversión y solidaridad. Para llevar a cabo un préstamo europeo habría que modificar los tratados. ¡Pues adelante, camaradas, a modificar los tratados! ¡En nuestra mano está tomar iniciativas! Si el Consejo es incapaz de hacerlo, hagámoslo nosotros, desde este Parlamento. Creemos de una vez un Fondo Monetario Europeo que pueda poner freno a la especulación. Además, le pido al Consejo que le diga al FMI que la Oficina Internacional del Empleo debe tomar cartas en el asunto de lo que está pasando en Grecia. ¡Se trata de personas, no debe decidir sólo el Dinero! ¡Son las instituciones europeas e internacionales del empleo las que deben poner freno al delirio de los financieros!»
»Y finalmente, existe también otra manera de prestar ayuda a los presupuestos de Grecia: tomar de una vez la iniciativa, como Unión Europea que somos, de fomentar el desarme en la región. Una iniciativa política para el desarme entre Grecia y Turquía. Una iniciativa política para que las fuerzas armadas turcas se retiren del norte de Chipre. ¡Si en el fondo somos unos hipócritas! En los últimos meses, Francia le ha vendido seis fragatas a Grecia por 2.500 millones de euros. Helicópteros por 400 millones. Rafale de combate por 100 millones cada uno. Mis “espías” no han sabido decirme si fueron 10, 20 ó 30… Y Alemania le ha vendido a Grecia otros 6 submarinos por otros 1.000 millones. ¡Más transparencia! ¡Si somos unos absolutos hipócritas! ¡Les prestamos dinero para que nos compren armas! Si somos de verdad responsables, garanticemos entre todos la integridad territorial de Grecia. Creo que aplicar estos recortes es más eficaz que recortar sueldos de menos de mil euros. Yo le pido a la Comisión un poco de justicia.»
Traducción: Pedro Olalla
http://lapasiongriega.blogspot.com/2010/05/parrhesia.htm
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Los sofistas y la prensa canalla
(…) En otra entrevista periodística que concedió a Página 12 el 24/8/97, Grondona también sinceró ese costado de negociador, transaccional, que guardan muchos periodistas, al decir:
“Yo en el fondo soy de centro, entonces a mí lo que no me gusta es que se desnivele el sistema. Lo que pasaba en los años 60 o 70 era que el sistema estaba desnivelado hacia el populismo. Entonces yo hacía para el otro lado. Pero después me asusté con el triunfo de la derecha y sentí que hacía falta algo que equilibrara.”
Olvidemos por un momento a Grondona (miles de muertos como costo del reequilibrio, justificaciones y silencio), intentemos ponerle distancia a este asunto. Exacerbando la idea sobre el rol negociador del periodista obtendremos una pregunta sobre la relación entre medios de comunicación y democracia que tiene algo de patética: ¿quién le otorga mandato al empleado privado que cobra un sueldo en una empresa periodística, o al que creció como empresario, para equilibrar para aquí o para allá, hacia el populismo o el liberalismo? ¿Cómo es que la sociedad otorga semejante poder? Esta mirada deliberadamente candorosa sobre las pulsiones internas y las presiones externas, que convierten el oficio del periodista en un subgénero del arte del funambulismo, adquiere proporciones asombrosas, absurdas, cuando de lo que se trata es de la interna general de una redacción, de las múltiples negociaciones cruzadas en el seno de esa redacción, entre el cuerpo periodístico, el departamento de publicidad y la empresa mediática y entre los periodistas, la redacción y la empresa con el mundo exterior: los políticos, el gobierno o las distintas representaciones del poder económico. Del ruido generalizado que envuelve a esas transacciones, una parte variable o sustancial de ese bien tan preciado que se llama información -nos referimos a la información útil, la que equivale a conocimiento y conciencia- queda en el camino o adopta los clásicos formatos de la opacidad o la neutralidad presunta.
Lo último que nos resta decir es que aquellos que “no sabían” o que pretendieron apostar a la transacción discursiva con la dictadura resultaron, como mínimo, periodistas pésimos, horrorosos. ¿Trabajaban de periodistas y “no sabían”? Es bueno saber, como consumidores de medios, que tales horrores acaso se estén reiterando cuando ellos u otros nuevos discuten los grandes problemas de la Argentina contemporánea, se trate de que lo hagan desde el sensato lugar del realismo más descarnado, desde el tacticismo tan caro también al arte de la política argentina -en su momento, desde la prensa, pudo ser apostar a Viola o a Camps, hoy a De la Rúa o a Duhalde- o desde el simple peso del propio prestigio. En cuanto a las políticas editoriales de la mayoría de los medios gráficos, la única expresión que se nos ocurre ha sido empleada en estos años para asuntos similares: la certidumbre de una escandalosa claudicación ética. Lo más parecido al mal absoluto que se ha conocido en la Argentina fue la dictadura instaurada en 1976. Con el mal absoluto, no parece haber negociación posible.
Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso. Eduardo Blaustein / Martín Zubieta. Ediciones Colihue S.R.L., Noviembre de 1998. -
Ni flores ni bombones, reivindicación y lucha.
El siguiente texto me lo envió vía mail una querida amiga. En el Día Internacional de la Mujer me gustaría compartirlo con todos ustedes.
Este día recuerda la lucha de las trabajadoras de la Cotton en Nueva York (1857) que reclamaban jornadas de trabajo de 10 horas y descanso dominical. La importancia del capital sobre la vida de las personas, mostró su cara más aterradora: la patronal decide incendiar el establecimiento para finalizar con la huelga y asesina a 129 trabajadoras. Un recorrido por las luchas sociales en Argentina y Latinoamérica muestran el rostro de miles de mujeres que resignifican con su accionar y resistencia este día. Las campesinas luchando incansablemente contra los agronegocios y sus consecuencias. Las maestras en su cotidiana lucha por la educación pública. Las amas de casa: trabajadoras invisibilizadas de jornada completa. Las obreras. Las luchadoras sociales. Las que no se callan, las hijas de la resistencia. Las mujeres en situación de prostitución. Oponiéndose y luchando contra las cadenas de los mandatos culturales y la opresión del patriarcado. Este es un día de lucha y reivindicación.
La pobreza en los últimos años se ha feminizado, ya que el 80 por ciento de los 1.500 millones de pobres son mujeres. Pero no es este el único flagelo que golpea a las mujeres: la violencia doméstica, estatal y social le cuesta la vida a millones. El aborto clandestino expone a miles de mujeres cotidianamente, llevándose la vida de dos por día en nuestro país. También en nuestro país siguen muriendo mujeres por cáncer de cuello de útero, evitable con controles periódicos de bajo costo (colposcopía y papanicolau). El 40 por ciento de las personas infectadas con hiv/sida, en el mundo, son mujeres y la tendencia nos habla que su cara será cada vez más joven, más pobre y mujer. En África la proporción de mujeres infectadas alcanza al 60 por ciento. En los países en conflicto bélico el cuerpo de la mujer se ha convertido en el campo de batalla predilecto.
Sin embargo, las mujeres muestran día a día que no están dispuestas a ser vencidas aunque el poder se empeñe en todo lo contrario. Los primeros días de mayo de 2006, en San Salvador Atenco, México, ocho mujeres que vendían flores se negaron a ser desalojadas por la policía. Este hecho originó el levantamiento del pueblo que exigía que sus derechos sean respetados. La represión fue feroz y la principal tortura aplicada por las fuerzas armadas y de seguridad contra las detenidas fueron las violaciones y otros abusos y humillaciones sexuales. También en México están las heroicas mujeres de Oaxaca, que en el fragor del levantamiento popular tomaron en sus manos los medios masivos para expresar lo que estaba sucediendo en esa ciudad. Muchas de ellas están desaparecidas y otras son presas políticas, que además de estar injustamente encarceladas tuvieron que soportar ser abusadas sexualmente por integrantes de la Policía Federal Preventiva.Según los datos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) las mujeres reciben un 74 por ciento del salario que recibe un hombre. Esto quiere decir que cada 100 pesos que recibe un hombre, la mujer recibe 74. Al mismo tiempo, en Argentina un tercio de los hogares están sostenidos por mujeres, es decir que 3 millones de hogares deben recibir el 74 por ciento de la remuneración que recibe los 6 millones restantes únicamente porque la que trabaja es mujer.
Por otra parte, y también según la OIT las mujeres están sobre representadas en la economía informal. Esto quiere decir que las mujeres son más numerosas que los hombres en los trabajos en negro, entre los cuales, el servicio doméstico, el trabajo familiar no remunerado o trabajo a domicilio es el que le esta reservado a las trabajadoras. El ejemplo más claro es el de las Maquilas, que son empresas, principalmente de ensamble ubicadas en los países de América Latina, en donde miles de mujeres trabajan por un sueldo miserable. Se contrata especialmente mujeres porque se cree que son más dóciles y que obedecen mejor. Es práctica común en esos lugares, despedir a las mujeres cuando quedan embarazadas. Y sin embargo, incluso en las Maquilas, verdaderos centros del trabajo esclavo, las mujeres se organizan para luchar por sus derechos más básicos como el de poder quedar embarazada sin saber que eso supone quedarse sin ese trabajo que a duras penas permite comer.
El 8 de Marzo es un día de lucha. Es el día de la mujer trabajadora. Es sobre todo el día de reivindicación de las mujeres luchadoras. No es el día para que la mujer se agasajada como “el bello sexo”, sino que es el día en que se recuerda, se narra su historia, se siembra y multiplica la semilla de todas aquellas que cayeron por un mundo mejor. Es el día de las que cotidianamente salen a la lucha sabiendo que el enemigo es fuerte, porque no es solamente el patrón; no es sólo la iglesia; no es solamente el capitalismo sino es el patriarcado que puede aceptar que la mujer trabaje pero no que se emancipe, se libere definitivamente.
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El odio de las clases medias según Eduardo Aliverti. Editorial del sábado 20.02.10 en el programa Marca de Radio.
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“Avatar”, realidad y ficción
Por Diego Jaimes *
Es difícil resistir la tentación de ir a ver Avatar, la reciente película dirigida por el estadounidense James Cameron, realizada y producida con los últimos avances tecnológicos en materia de animación digital. Sobre todo para quienes están atentos a las nuevas posibilidades que ofrece la producción de contenidos a nivel audiovisual, en un contexto de desarrollo acelerado sin precedentes en la historia.
Avatar funciona a base de una historia sencilla, que no necesita de giros en su argumento para sorprender. Porque el relato –y he aquí el punto más destacable– se anima a avanzar sobre una cuestión de gran actualidad: una invasión imperialista en busca de un mineral que se encuentra en territorio comunitario –propiedad ancestral de una comunidad indígena– y la defensa que ese pueblo se dispone a hacer de su tierra, entendida no como una posesión lisa y llana sino como un todo físico, material y espiritual, con un enorme significado para la vida.
Este abordaje temático está, claro, sustentado en una realización deslumbrante desde el punto de vista estético: se destaca la creación del ambiente de Pandora, el planeta que habitan los Na’vi, una especie de paraíso natural donde los seres vivos conviven armónicamente respetando las leyes que el propio ambiente les sugiere. Los “avatares” son unos personajes creados por científicos norteamericanos a partir de una conjunción de células humanas y de los Na’vi, que tienen como fin aprender de ellos para poder dominarlos. Su deidad es una Diosa Mujer y su morada es un Arbol de la Vida, que es también el espacio de oración y encuentro de la comunidad.
Los malos de la película, esta vez, no son ni chinos karatecas, ni rusos mafiosos, ni latinos narcotraficantes, ni cubanos comunistas. Son yankis imperialistas que vienen en busca de un mineral llamado unobtainum, que cotiza 20 millones de dólares el kilo. Comandados por una combinación de científicos y militares –que no se llevan muy bien entre sí– tienen como objetivo “sugerir” a los nativos que abandonen su morada, primero por las buenas, y si no a lo estadounidense.
Avatar es una alegoría interesante acerca de la avaricia capitalista por apropiarse de los recursos naturales con un fin netamente económico –y por ende político– sin importar los daños ambientales que esto conlleva. El unobtainum es comparable al petróleo de Medio Oriente y de Venezuela, al agua del Acuífero Guaraní, de los Glaciares y la Antártida, al oro y la plata del Cerro Rico de Potosí, al cobre de Chuquicamata en Chile, a la riqueza mineral saqueada en Andalgalá, entre muchos otros lugares de nuestro país. Riquezas extraídas a pesar de la resistencia de muchos de sus habitantes, la complicidad de muchos gobiernos, y sin la conciencia económica y política colectiva de quienes desde las grandes urbes situamos nuestras preocupaciones en temas más tangibles.
La espiritualidad de los Na’vi es semejante a la que celebra la Pachamama con nuestros pueblos andinos del norte, la que agradece por el año de cosechas y fertilidades, la que no tiene intermediarios entre dioses o energías y nosotros mismos. Es el respeto por la tierra que nos tocó, la cual no deberíamos dejar peor que lo que la encontramos. Es la hermandad que tanto nos cuesta con los otros, los distintos, los diferentes, los “extraños”.
La defensa de Pandora es la de cualquier pueblo en cualquier lugar del mundo por su soberanía política, frente a los imperialismos que a lo largo de la historia han saqueado y dominado regiones enteras en nombre de religiones varias, utilizando su poderío bélico en el sojuzgamiento a pueblos más débiles. Es una defensa que tiene muchos más valores que un impuesto a las ganancias o a la renta extraordinaria.
Pueden quedar dudas de por qué desde las entrañas del imperio más prepotente del mundo surgen relatos como éste. Sin la ingenuidad de pensar que es una autocrítica, ni tampoco con la esperanza de que pueda un film como éste promover decisiones de fondo de los países centrales respecto de sus responsabilidades en temas como el cambio climático –veamos si no los flojos resultados de la reciente Cumbre de Copenhague–, Avatar puede ser un ejemplo atractivo y de calidad para disparar la reflexión sobre cuestiones bien actuales.
El concepto de “avatar” –según la Real Academia– es más que sugerente: cambio, pero también vicisitud. Transformación con conflicto. Apuesta a lo nuevo y distinto, pero con riesgos, con contradicciones. Es éste un desafío que podemos plantearnos individual y colectivamente. No hay cambio sin problemas. Nunca lo hubo. Cualquier semejanza con la realidad… ya sabemos. Realidad y ficción son dos caras de la misma moneda.
* Licenciado en Comunicación. Docente UBA.
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No pongas tus sucias manos sobre Mozart
Por Manuel Vicent
“Ésta es la pequeña historia de una rebelión, el famoso caso de un tipo de izquierdas que el viernes, día 14 de marzo de 1980 se deshizo del propio terror psicológico de que sus amigos le llamaran reaccionario y le arreó seco bofetón a su querida hija de quince años, la echó de casa y se liberó de una vez del trauma de la paternidad responsable. El episodio fue el final de un complicado proceso neurótico y se desencadenó por un disco de Mozart, por una bobada, como siempre sucede.
La chica estaba en la leonera de su alcoba con unos amigos melenudos y una música de Led Zeppelín hacía vibrar las paredes maestras del piso. El padre estaba en la sala sentado en un sillón bajo la lámpara de enagüillas leyendo un informe del partido acerca de los índices del paro. Aquella panda de jovenzuelos llena de harapos, pulgas y metales del rollo había entrado en su casa sin permiso, había pasado varias veces por delante de sus narices sin dignarse esbozar el más leve saludo, le había manoseado sus libros, le había vaciado la nevera, se había limpiado las botas camperas en la alfombra de la Alpujarra, había dejado un hedor cabrío a su paso. Ahora estaban en la habitación de su hija espatarrados como tocinos bajo los posters de “Ché” Guevara oyendo a Led Zeppelín, a The Police o a The Snack, fumando porros y apurando la última cerveza. Aquella alcoba era una reserva en la que él, desde hacía un año, no se había atrevido a entrar. En aquel momento tenía la cabeza metida en el informe económico lleno de coordenadas catastróficas cuando su querida hija salió a la sala, se acercó a la estantería y pretendió llevarse a la madriguera la “Sinfonía número 40” de Mozart. El padre, de izquierdas, saltó del sillón impulsado por un muelle y lanzó un grito estentóreo: ¡Mozart, no!. ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!. Y entonces se inició la escena final, en la que el padre se liberó de todos los traumas hasta alcanzar la propia libertad sobre el chantaje de sus hijos. Detrás había quedado un largo proceso de neurosis paterno-filial que acabó con una sonora bofetada.
El hombre tiene cuarenta y dos años y pertenece a la izquierda fina, quiero decir que es progresista con dinero, un economista colocado, con una biblioteca selecta de dos mil volúmenes, pintura abstracta en las paredes, carnet del partido anterior a la legalización con la cotización al día, piso de doscientos metros por los altos de Chamartín, un año de cárcel y ciertas mataduras de la represión franquista, educado en el colegio del Pilar, un marxista de vía chilena, buenos modales, deportista de ducha fría diaria y perfectamente alimentado ya desde el útero de su madre. Cuida mucho el envase, pero ama la libertad antes que nada. Tal vez su punto fuerte es la elegancia interior.
Este tipo nunca ha comprendido muy bien por qué la izquierda ha caído en la trampa de dejarse arrebatar ciertos valores; por qué un progresista debía vestirse de guarro, aunque sólo fuera para epatar; por qué la disciplina, la eficiencia, el método, el deporte y la limpieza eran aspiraciones asimiladas a la derecha; por qué el respeto social y la educación férrea no eran reivindicadas constantemente por los de su ideología. Cosas así. En los momentos de duda él pensaba que esto eran residuos de su herencia burguesa, de modo que se dejó llevar por la onda, consciente de que hay que hilar muy fino para que tus camaradas no te llamen reaccionario. Ese siempre sería el peor insulto.
Cumplió todos los ritos. Se casó en una ermita de pueblo con traje de pana. Fue de viaje de novios a Rumanía. Tuvo tres hijos y los llevó a un colegio progre, los educó para que crecieran sin traumas, los metía con él en la bañera, los paseaba por la ruta del románico, se dejaba insultar por ellos y así las tres criaturas fueron creciendo a la sombra de unos padres comprensivos que no osaron jamás dar por zanjada una discusión sin antes mostrarles todas las salidas, opciones, contradicciones del problema par que fueran ellos quienes tomaran la decisión según su responsabilidad. Ponerles la mano encima hubiera sido un escándalo para su propia alma, contestar con una negativa sin más apelación le producía un desgarro en su sensibilidad progresista. Y el chantaje iba engordando como un tumor.
Este buen padre de izquierdas ya había pasado porque sus hijos no se lavaran los dientes o ni siquiera se ducharan una vez a la semana, soportaba que le llamaran viejo con cierta naturalidad displicente, pasaba por alto aquella indumentario zarrapastrosa del vaquero con remiendos, la pelambrera de profeta nihilista, el hecho de que se fumaran un porro en la pocilga de la alcoba y que no lograron aprobar el curso. Ante todo había que contar con la presión social, ya se sabe que la juventud no encuentra salida, la sociedad está muy deteriorada, cada generación tiene sus ritos, sus mitos, sus formas de comportamiento y eso había que respetarlo. Imponer la voluntad a rajatabla no es más que una agresión. Después de todo, no es malo que toquen la guitarra o que oigan a Led Zeppelín.
Un buen día, el hijo mayor no volvió a casa por la noche. Había tenido un percance en el colegio y decidió huir a Ibiza. La Policía lo encontró en Valencia, cosa que sucede a menudo, cuando no se logra pasar el filtro del barco. Otra hija se fue a vivir con un rockero. Después de un tiempo, el buen padre de izquierdas logró reintegrarlos a las suaves ordenanzas del hogar, lleno de traumas, explicaciones, consideraciones, pláticas razonables, amabilidades y sesiones antipsiquiátricas con un diálogo siempre abierto. Que hagan lo que quieran, lo importante es que están en casa, que los angelitos no sufran, que desarrollen la personalidad, aunque sea tumbados en el catre todo el día.
Cada tarde, la alcoba de su hija se llenaba con una panda de amigos que traían una calaña bastante atroz. No era lo peor que pasaran por delante de sus narices y que no se dignaran saludarle, sino el olor a cabra que dejaban en la sala. Que se limpiaran las botas en la alfombra, que se abatieran sobre las estanterías y manosearan sus libros con las uñas sucias, que se le bebieran el whisky y que mearan si tirar de la cadena. El viernes 14 de marzo de 1980 fue un día histórico para este amigo mío, un tipo de izquierdas, padre de familia que se liberó de sus hijos. Y al mismo tiempo se sacudió el terror de que alguien le pudiera llamar reaccionario. Él estaba estudiando un informe del partido acerca de los índices del paro. El sonido de Led Zeppelín hacía vibrar las paredes maestras del piso. Fue cuando su hija salió de la leonera con el pelo grasiento y los dedos amarillos de nicotina, cruzó la sala, se dirigió a la biblioteca con la pretensión de llevar a sus compinches la “Sinfonía número 40” de Mozart. Mi amigo no sabe explicar bien qué dispositivo le hizo saltar. Otras veces también su hija le había llamado carroza. Pero en esta ocasión aquel hombre tan fino y progresista le arreó una bofetada, se lió a golpes contra todo dios y se deshizo el misterio. Echó de casa a patadas a aquella panda de golfos. Y hasta hoy. Mi amigo es un hombre de izquierdas ya liberado.” -
Osvaldo Soriano: Historia de los años felices
Aquel peronismo de juguete

Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía “Perón cumple, Evita dignifica”, era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos.
Estar en la fila agitaba el corazón: ¿quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda.
En aquella tarde de 1950 no pude tenerla. Creo que me dieron una lancha a alcohol que yo ponía a navegar en un hueco lleno de agua, abajo de un limonero. Tenía que hacer olas con las manos para que avanzara. La caldera funcionó sólo un par de veces pero todavía me queda la nostalgia de aquel chuf, chuf, chuf, que parecía un ruido de verdad, mientras yo soñaba con islas perdidas y amigos y novias de diecisiete años. Recuerdo que ésa era la edad que entonces tenían para mí las personas grandes.
Rara vez la lancha llegaba hasta la otra orilla. Tenía que robarle la caja de fósforos a mi madre para prender una y otra vez el alcohol y Juana y yo, que íbamos a bordo, enfrentábamos tiburones, alimañas y piratas emboscados en el Amazonas pero mi lancha peronista era como esos petardos de Año Nuevo que se quemaban sin explotar.
El General nos envolvía con su voz de mago lejano. Yo vivía a mil kilómetros de Buenos Aires y la radio de onda corta traía su tono ronco y un poco melancólico. Evita, en cambio, tenía un encanto de madre severa, con ese pelo rubio atado a la nuca que le disimulaba la belleza de los treinta años.
Mi padre desataba su santa cólera de contrera y mi madre cerraba puertas y ventanas para que los vecinos no escucharan. Tenía miedo de que perdiera el trabajó. Sospecho que mi padre, como casi todos los funcionarios, se había rebajado a aceptar un carné del Partido para hacer carrera en Obras Sanitarias. Para llegar a jefe de distrito en un lugar perdido de la Patagonia, donde exhortaba al patriotismo a los obreros peronistas que instalaban la red de agua corriente.
Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel “sobrestante” que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió cuarenta años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso.
Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba. De pronto golpeaba el puño sobre la mesa y gritaba: “¡No me voy a morir sin verlo caer!”. Es un recuerdo muy intenso que tengo, uno de los más fuertes de mi infancia: mi padre pudo cumplir su sueño en los lluviosos días de setiembre de 1955, pero Perón se iba a vengar de sus enemigos y también de mi viejo que se murió en 1974, con el general de nuevo en el gobierno.
En el verano del 53, o del 54, se me ocurrió escribirle. Evita ya había muerto y yo había llevado el luto. No recuerdo bien: fueron unas pocas líneas y él debía recibir tantas cartas que enseguida me olvidé del asunto. Hasta que un día un camión del correo se detuvo frente a mi casa y de la caja bajaron un paquete enorme con una esquela breve: “Acá te mando las camisetas. Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo”. Y firmaba Perón, de puño y letra. En el paquete había diez camisetas blancas con cuello rojo y una amarilla para el arquero. La pelota era de tiento, flamante, como las que tenían los jugadores en las fotos de El Gráfico.
El General llegaba lejos, más allá de los ríos y los desiertos. Los chicos lo sentíamos poderoso y amigo. “En la Argentina de Evita y de Perón los únicos privilegiados son los niños”, decían los carteles que colgaban en las paredes de la escuela. ¿Cómo imaginar, entonces, que eso era puro populismo demagógico?
Cuando Perón cayó, yo tenía doce años. A los trece empecé a trabajar como aprendiz en uno de esos lugares de Río Negro donde envuelven las manzanas para la exportación. Choice se llamaban las que iban al extranjero; standard las que quedaban en el país. Yo les ponía el sello a los cajones. Ya no me ocupaba de Perón: su nombre y el de Evita estaban prohibidos. Los diarios llamaban “tirano prófugo” al General. En los barrios pobres las viejas levantaban la vista al cielo porque esperaban un famoso avión negro que lo traería de regreso.
Ese verano conocí mis primeros anarcos y rojos que discutían con los peronistas una huelga larga. En marzo abandonamos el trabajo. Cortamos la ruta, fuimos en caravana hasta la plaza y muchos gritaban “Viva Perón, carajo”. Entonces cargaron los cosacos y recibí mi primera paliza política. Yo ya había cambiado a Perón por otra causa, pero los garrotazos los recibía por peronista. Por la lancha a alcohol que casi nunca anduvo. Por las camisetas de fútbol y la carta aquella que mi madre extravió para siempre cuando llegó la Libertadora.
No volví a creer en Perón, pero entiendo muy bien por qué otros necesitan hacerlo. Aunque el país sea distinto, y la felicidad esté tan lejana como el recuerdo de mi infancia al pie del limonero, en el patio de mi casa.



